Romance de los caracoles
Las acelgas del Moreno
estaban que daban pena
todas llenas de agujeros,
como panal de colmena.
Su cuñado le decía:
algún bicho se las zampa,
mientras tanto las acelgas
tenían muy mala estampa.
Por si los pájaros fueran
causantes de este trastorno
puso el Moreno una malla
de las que vende Manolo.
Pero el remedio casero
no le sirvió para nada:
las acelgas seguían feas
como moza mal casada.
Cada día estaba la Pepa
más cabreada si cabe
sin poder comer acelgas
con lo ricas que la saben.
¡Has de poner fin a esto,
marido, si de algo vales!
¡No puede ser tan difícil
acabar con estos males!
Jaimito fue el que una tarde
encontró la explicación:
vio que eran los caracoles
causantes de la extorsión.
A cogerlos se pusieron
¡habría más de noventa!
escondidos en lo fresco
esperando pa’ la cena.
La María se los lleva
a su casa en un instante
para preparar un guiso
bien sabroso y bien picante.
Chapa y Josué tenían hambre
a la mañana siguiente.
Se comen los caracoles
sin saber de dónde vienen.
Cuando la Inma ve el guiso
comenta sin mala intención:
“¡Anda la leche, de estos
tengo en el patio un millón!
¡Cada vez que veo alguno
por la tapia se lo lanzo,
al patio de mis vecinos
todo lo lejos que alcanzo!
Estas palabras reales
dejaron claro y por bueno
quién puso los caracoles
en la huerta del Moreno.
Y aquí se acaba la historia,
nunca hasta ahora contada,
del tiro con trayectoria
de la Inma “Zarzolana”.
Escrito por Luis Otero
Octubre de 2016
