La azarosa y convulsa vida de Antoné
Por Juanjo Gilsanz Otero
Una curiosa y trágica noticia de 1887, publicada en un periódico murciano, llamó mi atención. Decía literalmente así:
«En el pueblo de Navalmanzano (Segovia) un sujeto reclamó el auxilio de la Guardia Civil para que le defendiese contra las amenazas de un cuñado suyo, y como este hiciera armas contra la fuerza de dicho instituto, ésta hizo fuego, resultando muerto el agresor” [1].

Colección Fernández Rivero
Signatura: FC_0112_014
Esa noticia estaba incompleta. Faltaban los nombres de los involucrados en el suceso, la fecha exacta del mismo, los motivos de la rencilla entre los dos familiares…
El autor de ese escrito había copiado un telegrama que le había llegado desde Segovia y, dada la distancia al lugar de los hechos, le hizo pensar que a sus posibles lectores no les importaría nada más.
Pasado casi un siglo y medio desde su publicación, a mí sí me interesó [2]. Se parecía tanto a una historia, rayana en la leyenda, de la que había escuchado tres versiones, que pensé que había que buscar un sustento real y documentado para la “historia legendaria” de ese hecho ocurrido a finales de abril de 1887.
[1] La Paz: periódico de noticias, avisos y fomento de la provincia de Murcia. Año XXX. Nº 9.188 – 1/05/1887. Pág. 2
[2] Consulté otros periódicos de la época, que también recogieron la noticia telegráfica casi en los mismos términos (El Pabellón Nacional, La Unión, La Fe, Gaceta Universal, El Siglo Futuro, La Marina…), para ver si encontraba más datos. Sólo pude aportar a esta historia el nombre de su cuñado: Pedro Otero.
Y lo encontré, en un Registro de Defunción, en el Archivo del Juzgado de Paz de Navalmanzano (A.J.P.N.) [3]:

A las 6 de la mañana del día 29 de abril de 1887, el cabo comandante del puesto de la Guardia Civil de Navalmanzano (D. Vicente Güesma) llevó, ante el Juez de Paz (D. Lorenzo Senín) y el secretario del Juzgado Municipal de este pueblo (D. Galo Sanz), el Certificado de Defunción de Atanasio Gómez García, conocido por sus vecinos como “Antoné”.
En él se puede leer que era hijo de Francisco Javier Gómez Pérez y María García Castellanos, unos propietarios agrícolas, que ya habían fallecido. Según ese documento, tenía 37 años de edad y permanecía soltero y sin hijos.
Murió, junto al Camino de Zarzuela y La Pedralba, a las 10:00 h. del día 27/04/1887, a consecuencia de los disparos de una pareja de la Guardia Civil. Los dos números de la Benemérita le perseguían por haberse resistido a entregarse y por responder con disparos contra ellos.
Se le enterró en el cementerio municipal…
“…con calzoncillo, camisa y calcetas blancas y envuelto en una sábana de ilo…”.
Al registrar su domicilio, la Guardia Civil encontró entre sus pertenencias una copia simple de su testamento. Acudí al Archivo Histórico Provincial de Segovia (A.H.P.S.) para consultarlo y me topé, además, con la compraventa de una finca.
En esa escritura, por 700 pesetas en monedas de oro y plata, Atanasio Gómez García compraba una tierra de labor de 14 obradas (5 ha 50 a 20 ca), en Los Cascajales, a D. Julián Labrador Gil [4].
[3] Registro Civil. Defunciones. Tomo 14 (8/11/1886 a 2/07/1887). Fols. 31 vto. y 32. A.J.P.N.
[4] Protoc. 10.063. Ante D. Gumersindo González Miranda (Fuentepelayo). 7/06/1882. Fol. 270. A.H.P.S. Julián Labrador Gil adquirió fincas en la desamortización y fue alcalde de Navalmanzano. Estaba emparentado con Pedro Fernández Nieto (procedente de Villar de Ciervos, Zamora), quien también compró numerosos pinares desamortizados.
La lectura de ese texto nos hace pensar en la desahogada liquidez de nuestro personaje y en su importante inversión inmobiliaria, así como en su incultura puesto que, al final del mismo, puede leerse:
“…no firma el comprador porque dijo no saber.”
Sin salir de la notaría de Fuentepelayo, tras la adquisición de esa tierra, Atanasio Gómez García, alias “Antoné”, dictó su testamento de última voluntad. En él (fol. 272 del mismo protocolo) se nos dice que era propietario agrícola, de religión católica, apostólica y romana, que fue bautizado en la parroquia de Navalmanzano, que no sabía leer ni escribir, que tenía 33 años en aquel momento, que estaba soltero y que no tenía ascendientes ni descendientes.

Dejaba como herederos de sus bienes presentes y futuros, curiosamente, a las Casas Inclusa y Hospicio de Barcelona. Especificaba también que, si se casara y tuviera hijos, estos serían sus herederos universales y, si no los tuviera, lo sería su legítima mujer.
Nombraba por albaceas, contadores y ejecutores testamentarios, si estuviera soltero, a los Jefes de las Casas, a quienes instituía como herederos y, si estuviera casado, a la que fuese su mujer.
El que eligiera a esas instituciones catalanas como beneficiarias de sus posesiones aporta cierta credibilidad a una de las versiones legendarias que le vinculan con movimientos anarquistas de la ciudad condal.
Hasta aquí la parte histórica. Vamos ahora con esas viejas “leyendas” que circulan por Navalmanzano y que hablan de un bandolero, de un anarquista o de un verdugo, a las que yo he aliñado un poco… [5].
[5] Gracias a Exiquio Arranz Fuentetaja, a Antonio Otero de Frutos y a Santiago Otero Aguado por mantener vivas estas tres viejas narraciones orales y por hacerme disfrutar con ellas.
Antoné, el bandolero
Próximo al barrio de las Oberillas, junto a la Reguerada Paparroñas, vivía un hombre violento, conocido en Navalmanzano como Antoné. Desde pequeño había mostrado un carácter indisciplinado, rebelde, pendenciero…
Los demás niños, incluso los mayores que él, le tenían un miedo atroz. Cuando creció, ese carácter se acentuó y, para entonces, ya todos en el pueblo le tenían pánico: les insultaba, les robaba, les amenazaba, les agredía…
Poco a poco fue ampliando su radio de acción delictivo. Desaparecía para actuar como un auténtico bandolero, sobre todo asaltando a viajeros en mitad de los caminos, bien en los pueblos de la zona o bien se marchaba temporadas más largas, a lugares más lejanos, para volver de nuevo al pueblo, con el lógico sobresalto de sus vecinos cuando se lo encontraban.
En Navalmanzano se le veía, siempre solo, caminando por el Prado Nuevo y los pinares cercanos. Muchos, al verle ir y volver con un morral, creían que, en algún lugar de ese paraje, tendría escondido el botín de sus fechorías. Pero nadie se atrevía a seguirle y, mucho menos, a quitárselo. Otros pensaban que no tendría tanto dinero escondido cuando sabían que, de vez en cuando, compraba alguna finca para invertir.
Su vida desordenada hacía sufrir mucho a su hermana, tanto que pasaba noches enteras llorando. Una de esas noches en vela, su cuñado Pedro ya no pudo más. Al amanecer, armado de valor, fue hasta la casa del bandido, donde discutió acaloradamente con él. Después de una tremenda bronca, Antoné amenazó de muerte a su cuñado y este, sabiendo que Antoné era capaz de llevarlo a cabo, fue a denunciarlo al cuartel.
Una pareja de la Guardia Civil fue en busca del bandolero. Aunque no lo encontraron en su vivienda, los vecinos les dijeron que había salido por el camino de Zarzuela del Pinar. Siguieron su pista hasta divisarlo en La Pedralba. Al verse rodeado, Antoné disparó y siguió huyendo. Tras un breve intercambio de disparos, los guardias acabaron con él y con su rastro de fechorías.
El juez ordenó el levantamiento del cadáver y el registro de su casa, en la C/ Arriba, 29. De todo lo que vieron en ella los agentes de la autoridad, lo que más les llamó la atención fue la ingente cantidad de billetes nacionales y de otros países que atesoraba y, sobre todo, que muchos de ellos estaban… ¡clavados en las paredes!
Antoné, el anarquista
Quizás por su relación con el anarquismo catalán, a este navalmanzanense malencarado le apodaron «Antoné». Según creían muchos en el pueblo, era un pistolero a sueldo de la sección terrorista del anarcosindicalismo de Barcelona.
Vivía plácidamente la mayor parte de su tiempo, disfrutando de los paseos y la caza, sus dos principales aficiones. Nunca le vio nadie trabajar las tierras heredadas de sus padres o las compradas por él a tocateja, ni cuidar animales ni resinar los pinos para las nuevas fábricas de la zona.
Haciendo sus conjeturas, todos sus vecinos estaban convencidos de que su vidorra se la proporcionaban los emolumentos de su intermitente activismo terrorista. En los últimos dos años sólo tuvo que salir tres veces para llevar a cabo acciones extorsionadoras en Cataluña.
Lo más arriesgado que había hecho era tirar un petardo-bomba en el portal de la vivienda de un industrial textil y otras dos en las oficinas de sendas fábricas, sin causar víctimas.
Así trampeaba con su vida hasta que llegó el día en el que los anarquistas reclamaron sus “servicios” para cometer un atentado más serio. En esa ocasión le encomendaron, desde la ciudad condal, acabar con la vida de un militar que había dirigido la represión de una manifestación de obreros.
A Antoné no le apetecía nada hacer de nuevo un viaje tan largo hasta Barcelona para perpetrar la barbarie que le pedían. Después de pensarlo mucho, ideó un plan:
De acuerdo con Pedro Otero, su cuñado, ambos simularían una pelea junto al Camino de Zarzuela. El cuñado, pidiendo protección, iría a avisar a la Guardia Civil. Lógicamente, acudirían los de la Benemérita, detendrían a Antoné, le esposarían y le conducirían al calabozo donde pasaría una temporada. De ese modo, transcurriría el tiempo suficiente para que la organización anarquista no le reclamase ni sospechase de él y siguiera percibiendo sus pagas.
Pero el plan se complicó… Para hacerlo más real, cuando los guardias le dieron el alto, Antoné respondió con un disparo que alcanzó de manera increíble el tricornio de uno de ellos. Las fuerzas del orden repelieron el ataque, con tan mala fortuna que la bala de una de sus carabinas alcanzó al “terrorista”, quedando muerto allí mismo en un gran charco de sangre.
Aseguran quienes narraron esta historia, en las noches al fresco del verano o junto a la lumbre baja, en el invierno, que donde se derramó la sangre de Antoné las espigas crecen más y dan más fruto…
Antoné, el verdugo
No habría que descartar que nuestro protagonista uniera las dos actividades ilícitas que ya hemos leído y que, por tanto, cobrara del narcosindicalismo catalán, a la vez que extorsionaba o robaba a cuantos pudiese en nuestra comarca, en sus viajes a Cataluña o a algunos países de Europa, de donde procederían esos billetes en moneda extranjera.
Según una tercera versión de sus andanzas, que no me aportó datos nuevos a las causas que condujeron a su idéntico y lúgubre final, el oficio de Antoné era legal, pero de nula consideración social. Quienes cuentan esa tradición, recreándose en su maldad e imaginando su satisfacción al aplicar el garrote vil, sostienen que este hombre, durante un tiempo, fue… ¡verdugo!
Como les ocurría a muchos otros de su profesión, nunca pudo tener amigos y ni siquiera, aceptación o una mínima relación con sus paisanos. Pasada esa etapa de su vida, se echó a los caminos a delinquir.
Si damos pábulo a esta variante legendaria, que se puede imbricar con las anteriores, le haríamos residir en la C/ Arriba, 27 y admitiríamos que, después de ser abatido, al registrar su domicilio, se encontraron muchas balas bajo la tenada del colgadizo.
Lo que no apareció fue la gran cantidad de monedas de oro y plata que se suponía que atesoraba y que, se dijo, tendría enterradas en el corral o en la cuadra.
Quizás algún día, con la ayuda de un detector de metales, los actuales propietarios de la parcela se lleven una agradable sorpresa…

Fotografía del autor.
